"Paseo Calixto Gauna", Lisandro Rovaretti

PASEO CALIXTO GAUNA

(Recuerdo en homenaje un río)

Mi infancia tuvo un río. Tuvo muchos en realidad, pero uno solo es el símbolo grabado a fuego en la memoria. Mi Río Ceballos, modesto cauce de agua cristalina, piedras resbalosas de musgo traicionero y sauces llorones con ramas que llegaban hasta el agua. Cierro los ojos y viene ese olor único, fresco y conocido de hojas, agua y barro, y el murmullo tranquilo del río corriendo entre las piedras que nos tuvieron como habitantes insolentes en los veranos, a puro grito y juegos acuáticos, y abrigados y temerosos en los inviernos, intentando pescar mojarras y renacuajos a riesgo de empaparnos los pies y resfriarnos. Mil rincones conocidos a plena caminata en sus orillas a lo largo de su paso por nuestro barrio, universo inmenso para nosotros en aquellos días. Mil historias propias y heredadas, porque también fue el río de nuestros padres.

Supimos de fogones estudiantiles, de romances furtivos, de encuentros y despedidas a su vera. Muchos dolores de panza de moras calientes y bocas y remeras manchadas. El río en una localidad que crece a sus orillas, es el centro de todo. Tan en el centro queda, que pasa a ser invisible y se convierte en parte carnal de la vida de todos. 

Nosotros aprendimos a nadar en esos balnearios de agua negra, sin fondo a la vista, donde si lo pienso hoy me da cierto escalofrío. El de Luisito, por proximidad a nuestra casa, fue el sitio de reunión de las familias, de los chicos y sus pandillas, de los adolescentes que coqueteaban con saltos mortales desde alturas impensadas. Hasta participábamos de la ceremonia solitaria de su eterno cuidador abriendo y cerrando sus compuertas con esas manijas giratorias de hierro. Eso fue nuestro río. Eso es en mi memoria.

No puedo diferenciar recuerdos de la infancia sin el río. Hay uno en particular que es compartido con mis primos y es el que nosotros bautizamos Paseo Calixto Gauna. Nunca supimos quién fue el portador de ese nombre, ni de dónde lo adoptamos, pero evidentemente nos sonaba pomposo, importante, folclórico, un nombre apropiado para una aventura en el río. 

Ese verano aparecieron en casa las cámaras de goma de las ruedas del auto de mi papá y también de algún tío, que al cambiarlas por nuevas, nos sirvieron de salvavidas para todos. Fueron un tesoro invalorable que nos acompañó en nuestras andanzas en el río, dónde más. 

Luego de varios viajes a la gomería de la Esso, donde les pusieron parches y las inflaron, partimos con nuestros pesados rodados flotadores al río.

El famoso Paseo Calixto Gauna comenzaba unos metros después del paredón del balneario de Luisito. Allí cada uno montaba su cámara y nos íbamos deslizando despacio por el agua, entre las piedras que más de un moretón se cobraron y nos dejaron todas las mallas con las colas peladas. Había una zona de rápidos justo antes del puente de Las Palmas, donde los menos valientes salíamos a la orilla y la transitábamos caminando y saltando entre las piedras, para entrar de nuevo al agua unos metros más adelante y continuar la travesía. Muchas veces las madres nos esperaban sobre el puente para saludarnos y vernos pasar y seguir camino a puro grito y brazos agitados. Después del puente venía un tramo muy angosto y rápido donde podíamos tocar ambas orillas pobladas de berro a la vez, y luego el río se abría en lo que llamábamos El Lago donde el agua corría muy lentamente y las ramas de los sauces nos permitían agarrarnos de ellas y jugar a que eran lianas. Más adelante venía la curva donde había una pequeña olla bastante profunda en la que a veces nos zambullíamos dejando las cámaras sobre las piedras de la orilla, para luego emprender el tramo final del paseo que culminaba justo antes del vado de Las Rovegno. Allí salíamos a la calle y volvíamos caminando al punto de inicio para lanzarnos de nuevo. No eran más de trecientos metros de río, pero para nosotros representaba el Amazonas. 

Sé que como ésta, hay miles de historias en el río, tantas como personas que lo amamos y le debemos tanto.

Hoy, después de una catástrofe sin precedentes, no quedan rastros de estos lugares. No por la furia de la naturaleza, que tarde o temprano nos devuelve todo siempre, sino por la intervención salvaje del hombre, que en nombre del medio ambiente lo está destruyendo de forma increíble.

Pero nuestro río está ahí para que todos los protejamos, aunque sea en la memoria.

                                                                                                                Lisandro Rovaretti, desde Bs As

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